La ciudad inundada de los sueños. 

La ciudad inundada de los sueños. 

Cuando caí al agua, me pareció ver una torre sumergida. 

Estaba demasiado profunda para poder acercarme. 

Decidida, volví a la arena y cogí mis gafas de buzo y dos aletas. 

Me sumergí de nuevo. 

Apareció ante mis lentes una ciudad en las profundidades, llena de vida y color. 

Los peces revoloteaban como pajarillos y en las calles inundadas circulaban cangrejos y caracolas.

 Decidida, me acerqué a la ruina más cercana para ver lo que ocurría en el interior. 

A través de una ventana sin cristales, descansaba apacible una familia de tiburones, meciéndose con el vaivén de la marea que entraba y salía por las concavidades de las tejas. 

Me hubiese gustado quedarme y observar las demás edificaciones, pero el aire de mis pulmones se acababa. 

Forcejeé con todas mis fuerzas. 

Poco a poco caí al fondo. 

Temí que no pudiera llegar a la superficie. 

En un intento de salvarme, rasgué una concha con mi mano y se abrió, desprendiendo una perla rojiza.

No entiendo cómo, prendada de su belleza, pude agarrarla con mis dedos. 

Una anemona gigante que me observaba, impasible, vio el reflejo de la perla y, sin pensar que estaba pegada a mi mano, me engulló. 

Fue cuando me vi protegida por una especie de cabina exclusiva con vistas al mar. 

Tenía aire suficiente para respirar, como si estuviese en una burbuja gigante.

Los delfines saludaban y correteaban a mi alrededor; los corales se mecían al son de mi transporte. 

El silencio se palpaba. 

¡Era increíble! 

Pensé que vivía en un sueño. 

Los rayos de luz se filtraban en las aguas mágicas, llenas de vida, y reflectaban en la transparencia que los envolvía con seres diminutos que decoraban todo mi alrededor como si miles de luciérnagas me diesen la bienvenida. 

Mi sorpresa fue al divisar árboles frondosos de algas que se mecían con el vaivén de las mareas, alineándose como un verdadero bosque submarino intentando alcanzar los reflejos del sol. 

Nunca vi paraje más hermoso. 

Cuando acabó el último rayo, mi transporte subió a la superficie y escupió, dejándome sola en la inmensidad de la arena, apacible, como si todo lo acontecido hubiera sido una fantasía. 

Se convirtió en mi secreto, algo que no podía contar. 

Muchas veces me pregunté si todo había sido un delirio. 73 Creo que no, porque mi mano portaba una perla rojiza. 

Cuando estaba triste, tumbada en la arena, cerraba los ojos, tocando su húmeda y helada textura. 

En ese momento, bajaba al mundo inundado que me protegía de todo mal. 

Todos deberíamos tener un lugar secreto y apacible donde refugiarnos. 

Ya sea una charca o una fuente, en el agua hay infinidad de universos vivos, y muchas fantasías por vivir.

https://pge.me/Laniñadormida

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